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domingo, 23 de octubre de 2011

Las palabras de la crisis

Con la crisis económica las palabras que utilizamos en nuestro registro coloquial, es decir, lo que hablamos todos los días y en las situaciones más cotidianas, están cambiando a gran velocidad. Algunas las hemos convertido en palabra tabú por vergüenza torera, por ejemplo ‘solvencia’ pues aunque se tenga, quién es el osado que en una reunión se atreve a jactarse de que las cosas le van muy bien y que es ‘superfeliz’ con la que está cayendo para la gran mayoría. Y no digamos la palabra ‘hipoteca’ que ha tocado techo en su ya poca agraciada fama. Banquero, que no bancario, fue un vocablo en algún tiempo digno de admiración para algunos jóvenes, ahora se ha convertido en innombrable. Pero esto ya es muy antiguo, pues mi padre que trabajó 40 años en un gran banco de esos que siempre tienen grandes beneficios, decía que el banco te daba paraguas cuando hacia sol y te lo quitaba cuando llovía.

El no llegar a fin de mes se ha convertido en algo tan frecuente que ya no nos da vergüenza, y hasta podemos hacer una declaración pública. Otra frase de todos los días era esa de ‘salir de copas’, que con gran ligereza salía de nuestros labios los viernes, sábados y alguna que otra fiesta de guardar, pero ahora se ha convertido ‘en tu casa o en la mía’, como ven el significado es distinto.

La política, que en un tiempo no muy lejano era el arte de hacer felices a los pueblos, y sus políticos son ya sustantivos tan degenerados que sólo poseen adjetivos negativos y peyorativos, y lo peor de todo es que casi nadie cree en ellos. El estado del bienestar social, qué poco nos ha durado, lo pongo con minúsculas, se llama así al conjunto de factores que participan en la calidad de vida de la persona y que hacen que su existencia posea todos aquellos elementos que den lugar a la tranquilidad y satisfacción humana. Otro término que ya no está de moda, sin embargo ha sido sustituido por otras frases como la de ‘apretarse el cinturón’ o la de ‘ahorrador’, claro que uno ahorra cuando le sobra algo, aunque sea un poquito. Que se lo pregunten a los funcionarios y no funcionarios con su sueldo menguado y sus recibos crecidos.

La palabra tristemente y hasta dramáticamente en boga es el temible ‘Paro’, y aquí, señoras y señores, uno ya no sabe qué decir ante millones de personas que viven situaciones penosas, angustiosas y con falta de esperanza.

El ocio, el viaje de placer o el crucero, aunque lo pagues en cómodos plazos, están desapareciendo de nuestro vocabulario público, y si se dicen estas palabras las decimos en voz baja. Pero lo peor de todo son aquellas que afectan a nuestro ánimo más interno, pues he oído a más de un pequeño o mediano empresario que se sienten ‘impotentes’, ‘rabiosos’ y ‘desvalidos’. Imagínense cómo se sentirá el currito con el miedo en el cuerpo ante el ‘despido’, otro vocablo más frecuente de lo deseado.

No puedo terminar este artículo sin la palabra estrella, la más pronunciada desde hace unos años, y esa va con determinante y todo ‘la crisis’, que nos llega del griego y significa separar o decidir. Crisis es algo que se rompe y porque se rompe hay que analizarlo. La crisis nos obliga a pensar, por tanto produce análisis y reflexión, pero muchas veces el miedo ante la incertidumbre nos paraliza. Pensemos, reflexionemos y actuemos porque si no lo hacemos, lo harán por nosotros, y puede ser hasta peor.

Mientras escribía estas líneas, me he fumado un cigarrillo en mi casa, pues en los bares ya libres de humo, que han perdido la alegría y perderán puestos de trabajo, huele  un poco más a fritanga y humanidad. 

Clemente Barahona: profesor, escritor y periodista

miércoles, 19 de octubre de 2011

Educare

Es un derecho humano y un bien social irrenunciable que forma parte de nuestro patrimonio común. El derecho a la educación es el garante de las libertades cívicas y de la igualdad real de oportunidades, uno de los verdaderos cimientos de la democracia. Es ese proceso multidireccional mediante el cual se transmiten conocimientos, valores, costumbres y formas de actuar. Así a través de la educación, las nuevas generaciones asimilan y aprenden los conocimientos, normas de conducta, modos de ser y formas de ver el mundo de las generaciones anteriores, creando además otros nuevos. Es compartir con los jóvenes de nuestra sociedad las ideas, cultura y conocimientos. La labor del buen educador es ardua, complicada y llena de vocación, o si lo prefieren de pasión.

Aristóteles nos dejó escrito que: "La educación consiste en dirigir los sentimientos de placer y dolor hacia el orden ético". La maravillosa complejidad de este noble oficio está en que nuestro material de trabajo son seres humanos, comenzando su camino hacia la vida adulta y madura. Todos los recursos humanos y materiales puestos a su servicio son siempre escasos. Hay que ser miope y cicatero, o político para ser capaz de recortar los medios en este ámbito crucial de nuestras vidas. Luego, en campaña electoral, se les llena la boca con las promesas sobre una educación más que digna para sus futuros votantes. Quizás no les convenga por miedo, un pueblo educado, crítico y pensante.

Tanto el griego con su pedagogo como el latín con su educare comparten el significado de educación. El educador es el que guía o conduce a su educando. En definitiva, dar al que aprende los medios de abrirse al mundo, encauzarlo al pleno desarrollo de sus posibilidades. Platón, hace más de 20 siglos, habló de las tres funciones de la educación: 'La formación del ciudadano, la formación del hombre virtuoso y la preparación para una profesión'.

Todo esto se nos olvida y lo reducimos a dinero, el futuro de nuestro país lo dejamos en manos de un sistema financiero, eufemismo que abarca a oscuros especuladores capaces de hundir por avaricia a naciones enteras. Políticos incapaces de enfrentarse a estos vampiros porque quizá se saltaron la segunda función de la educación de la que hablaba Platón. Es una verdadera lástima que su cortedad la empleen para recortar o restringir medios a las actividades más 'sagradas' del ser humano y para el ser humano como son la sanidad y la educación. No soy médico ni enfermero, pero sí paciente, y me parecen lamentables las humillaciones y recortes dirigidos a este colectivo vital y también vocacional. Ya no solo se hunde el estado del bienestar, se están cargando las necesidades más básicas y necesarias.

Hasta hace muy poco todos hablaban de la calidad en la enseñanza, los de un lado y los del otro, ahora unos callan por conveniencia y otros meten el cuezo hasta el fondo con intervenciones más que inconvenientes.

Los que hoy nos dirigen o pretenden dirigirnos también fueron educados, pero sin duda, faltaron muchísimo a clase.
Clemente Barahona, periodista, columnista y profesor